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El Cuerpo, modelo arquitectónico de un hogar.

Con este tapiz, busco construir espacios a los que pueda nombrar “hogar”, 
convirtiendo al cuerpo en un modelo arquitectónico que transforma el entorno.

En estos hilos la fragilidad se encuentra como una verdad que se reconoce y que se deja ver

y sentir en toda su desnudez.

El hogar es, en su esencia, un refugio donde la fragilidad se siente a salvo, un lugar donde podemos dejar al descubierto nuestras vulnerabilidades sin miedo. Cuando este refugio parece inalcanzable en nuestra vida cotidiana, surge un anhelo desesperado de escapar a un rincón que nos proporcione la seguridad que necesitamos en un mundo que a menudo se muestra indiferente y opresivo. Este rincón no es solo un espacio físico, es una recreación de lo que alguna vez fue el cuerpo: fuerte en apariencia, pero siempre al borde del colapso emocional.


La técnica textil utilizada en esta obra, que normalmente exige una tensión firme y se anuda al reverso, aquí lo he tejido con ligereza y sin anudar, evocando la frágil arquitectura del cuerpo humano. Una estrategia que suele usar Marinette Cueco, quien emplea técnicas para resaltar la conexión entre lo físico y lo emocional, y Louise Bourgeois, cuya obra también explora la tensión del cuerpo. He querido plasmar en el tejido esa sensación de estar siempre al límite, de tambalearnos entre lo que nos mantiene firmes y lo que nos hace caer. La figura de una mujer que intenta escapar es un símbolo de esa lucha interna: el alma, en su vulnerabilidad, busca desesperadamente un resguardo. Esa ligereza en la tensión es mi forma de capturar la fragilidad, la sensación de desmoronarnos al enfrentar la indiferencia del mundo, un concepto que también aborda Tracey Emin en sus obras.

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El tapiz, colocado como una cortina en rincones discretos, es a la vez una barrera visual y una transformación del espacio. Aquí, el cuerpo se convierte en el modelo arquitectónico del hogar: un espacio frágil y vulnerable, pero capaz de proporcionar refugio. En estos rincones, el tapiz crea fragmentos de un hogar, pequeñas zonas que otorgan una sensación de privacidad y resguardo permitiendo a la fragilidad encontrarse y ser reconocida, lo que recuerda a la obra de Chiharu Shiota, quien usa hilos para crear espacios que exploran la memoria y el hogar. Así pues, el tapiz se presenta como un acto de fortaleza que surge de la necesidad de proteger lo más frágil de nosotros mismos.

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A través de esta obra, así como Mila Fürstová, cuyas obras celebran la resistencia y delicadeza del ser humano, yo exploro la tensión entre el individuo y su entorno, las tensiones entre el interior y el exterior en sus dimensiones físicas y psicológicas. El cuerpo, como un hogar que debe resistir, también se desmorona. La fortaleza y la fragilidad coexisten en una lucha constante, mientras el individuo intenta construir refugios que lo protejan de la vastedad indiferente del mundo.
 

El cuerpo se convierte en un espacio habitable que, aunque frágil, siempre busca mantenerse erguido.

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